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La desolación que mata a la Calle Ocho

Los vecinos de la célebre avenida en Miami sienten el peso de la incertidumbre y abogan por que el coronavirus 'se vaya rápido' para seguir sus vidas

Agencias

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jueves, 23 abril 2020 | 11:15

Miami – Marcados por el sudor de los años y las 20.000 anécdotas que suponen cinco o seis décadas de inmigraciones y metamorfosis sociocultural y algo más, los viejos vecinos de la barriada de la Pequeña Habana en Miami no recuerdan otro tiempo tan desolador, como el que viven estos días con el  coronavirus a cuestas.

Salvo los días que sucedieron el paso del huracán de 1992, cuando todos se quedaron sin luz por varias semanas, María nunca vio la célebre Calle Ocho tan vacía como ahora: “Da pena. No reconozco el barrio. Si no fuera por los letreros que se mantienen y algún loco que me cruzo en el camino, diría que me lo han cambiado”.

En efecto, la céntrica avenida miamense, que este año no vio ni su festival carnavalesco celebrarse, podría ser la mejor estampa del paso del maldito bicho invisible por esta zona del país.

María vive en la calle 6 del suroeste, a dos cuadras de la popular calle, donde compró su casita hace 45 años, luego de llegar a la barriada, procedente de Cuba, allá a finales de los años 1960, “cuando se pagaba 50 dólares al mes por un apartamentico y las tiendas anunciaban ‘aquí se habla español’ en pequeños letreros”, recordó.

En aquel tiempo la calle 8 era tan solo una importante vía que comunicaba el centro de Miami con la periferia de la ciudad, que entonces apenas se extendía hasta la avenida 42, donde hoy existe el fragante aeropuerto internacional, que ahora igualmente opera a medias.

“Entiendo que hay peligro. Que ese virus es malo, sobre todo con nosotros que tenemos más de 70 años, pero no deja de doler ver todo tan triste”, reflexionó.

“Que se vaya rápido”, gritó. “Ya sé que hablan de reabrir algunas cosas. Ojalá no se apresuren. Más vale precaver”, valoró.

Ni la famosa ventanita de café de El Pub está abierta. Salvo la de El Exquisito, que saca la cara por el resto, la desolación es total.

Pero tanto María como su vecino José, que forma parte del creciente ejército de desempleados que espera por el primer cheque de ayuda, saben que hay que aprovechar el tiempo.

José se ha propuesto hacer lo que antes no pudo: “Arreglar el jardín” y pintar el muro que separa su casa del vecino: “Porque siempre hay algo que hacer”.

A tres cuadras de allí, en la esquina de la avenida 10, donde se ve deambular alguna gallina seguida por un gallo altanero, una nueva edificación de tres plantas toma forma. Los obreros que quedan, que afortunadamente siguen teniendo trabajo, colocan el aire acondicionado central que climatizará el lugar.

“Usamos mascarillas pero nadie nos exige usarlas. El jefe nos pidió usarlas pero hay gente que no las usa”, reveló José, que lo llamamos José por aquello de mantener el anonimato.

Otra vuelta

 Detrás del cine Tower, donde antes existió un estacionamiento gratuito para los cinéfilos y hoy es cobrado por la autoridad municipal de parqueos, en la acera cuatro genuinos miamenses continúan jugando dominó, en torno a una pequeña mesa que incumple la reiterada advertencia de mantener distancia.

“Paso ficha”, dijo uno. Y el otro, listo para ganar la puesta vociferó: “Mato, te jodí”.

A pesar de la corta distancia entre ellos, solo uno llevaba mascarilla.

A dos pasos de allí, donde una valla advierte que no se puede entrar a la plazoleta del Parque del Dominó, un agente de la Policía de Miami velaba por el cumplimiento de la orden.

“De qué vale que cierren parques y restaurantes si dejan jugar dominó en plena calle”, cuestionó una vecina del lugar, que se negó a pronunciar su nombre cuando supo que hablaba con la prensa.

Caminamos 100 metros y encontramos a Gustavo, que barre por segunda vez la acera del edificio, mientras mira con devoción el paso de una mulata que pasa por allí.

El hombre tiene una pequeña cafetería en aquel lugar y parece competir con el vecino José, que es dueño de un local de víveres y pasa la escoba tres y cuatro veces al día.

“Cerré el negocio hace dos semanas. Primero me puse a vender comida hecha para llevar a casa pero no me resultó. Pasaba cuatro y cinco horas esperando por un cliente y apenas uno aparecía, y se me quedaba el arroz y los fijoles hechos”, reclamó.

Al doblar de la esquina, en la sin igual Calle Ocho, el pintor Luis Molina mantiene su salón expositor cerrado, acorde a la orden condal. Pero adentro, donde todo parece ser igual, el artista se refugia del desolador aspecto de la ciudad y continúa dándole forma a sus lienzos.

“No quiero ver lo que suceda afuera. Ni quiero que mis colores se afecten. Prefiero quedarme aquí dentro, lejos de tanta incertidumbre”, aseveró.

Riverside

Tierra adentro, donde se vive la Pequeña Habana más profunda, en la avenida 8, que años atrás muchos llamaban Viet Nam Heroico, por su entonces peculiar abandono sociourbanístico, los gallos y las gallinas viven a sus anchas.

Allí se levantan nuevas edificaciones, como la que ocupa el lugar donde antes estuvo el popular Teatro Martí. Dos niños corren por una acera y detrás de ellos corre la madre con unas mascarillas en la mano.

Entretanto, el parque Riverside, que sigue siendo amplio y frondoso con sus árboles tan erguidos, continúa echando de menos al poeta Leandro Eduardo Campa, quien fue capaz de dibujar con palabras, hace algo más de 20 años, la angustia y la esperanza que reina hoy en el lugar: Esperaré con fuerza para ver la luz del amanecer, de todos los amaneceres. Que el olor a vida me excite cuando roce mi osamenta, y que siempre responda a su llamado mi gratitud de hombre proscrito. Todos, todos estamos en Memorial Park.